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La evangelización de Jesús. Un testimonio para un mundo global. Mateo 15.21-28

Omar Cortés Gaibur

Partiendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando:
—¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada.
Jesús no le respondió palabra. Así que sus discípulos se acercaron a él y le rogaron:
—Despídela, porque viene detrás de nosotros gritando.
—No fui enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel —contestó Jesús.
La mujer se acercó y, arrodillándose delante de él, le suplicó:
—¡Señor, ayúdame!
Él le respondió:
—No está bien quitarles el pan a los hijos y echárselo a los perros.
—Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
—¡Mujer, qué grande es tu fe! —contestó Jesús—. Que se cumpla lo que quieres.
Y desde ese mismo momento quedó sana su hija.

Mateo 15.21-28

Introducción

¿Por qué este escrito en un libro en homenaje a Jorge León? Cuando era estudiante de teología en el Seminario Bautista de Chile en los comienzos de los ’80, llegaron a mis manos dos de sus primeros libros: Psicología pastoral para todos los cristianos y Teología de la unidad. Encontré en ellos la capacidad, a veces
esquiva en el mundo evangélico, de integrar con sapiencia diferentes aproximaciones al análisis de la conducta humana —un eclecticismo sabio, propio de quien, por sobre las dimensiones ortodoxas o las exigencias de purismo de los métodos a aplicar, tiene una mirada pastoral por quienes padecen de crisis de afectividad. Estas obras ofrecían una introducción a la psicología —incluso esquiva a validar las construcciones de la fe —al servicio de su preocupación pastoral, que reflejaba claramente la intención inclusiva de los depresivos y depresivas que eran parte de la iglesia y su liderazgo. Aún está presente en círculos más fundamentalistas el rechazo a toda terapia de los afectos por una vía que no sea la «sola fe» o, en el otro extremo, «la sola razón científica».

Por otro lado, su análisis de Efesios como teología de la unidad invitaba a una riquísima reflexión teológica para los tiempos fragmentados que vivíamos por las ideologías de turno de los ’80 y los prejuicios existentes, inclusive, hacia aquellos que habitaban la misma embarcación del Nazareno.
Incorporo el texto para facilitar el contrapunto con la reflexión que ofrezco desde este. Se asume el conocimiento casi litúrgico de esta narración, donde la frase de Jesús a la solicitud de la mujer sirofenicia ha sido interpretada de múltiples formas, muchas de ellas preñadas lamentablemente de un sentido exclu-yente más que inclusivo, intolerante más que tolerante, como un obstáculo a la tarea pastoral de incluir con actitud positiva a los que viven crisis afectivas, como si alguien
pudiese sacar certificado de inmunidad al respecto.

Se aborda el texto revalorando el testimonio inclusivo del Jesús, como el camino de la evangelización necesaria para nuestros tiempos. Una acción auténticamente acogedora de Jesús, como advirtiendo que el punto de partida y central de la cura de soledades, afecto y segregación opera desde la profunda simpleza de abrazar al otro desde la mirada desprejuiciadora, bajo el lente milagroso del amor inclusivo, la gracia de Dios. Jorge León tuvo la gracia —esquiva en muchos profesionales de la terapia— de poner en las manos de la comunidad de fe herramientas básicas para esa acogida. Abrió el hermético y sacrosanto sofá del terapeuta para darle herramientas básicas y enseñar a la comunidad a dar el primer paso inclusivo y sanador. Del mismo modo Mateo, quien distancia las prácticas reconciliadores de los profesionales del culto y deja en las manos de la comunidad las herramientas para la reconciliación.
Su discurso eclesial en el capítulo 18 no incluye el protagonismo del lideraz-go institucional como los expertos infaltables de un proceso de reencuentro fraterno.
Se ofrece su lectura desde una utilización ecléctica de aproximaciones hermenéuticas. Asoma lo narrativo, la exégesis moral a la lectura sociopolítica y el silbido tenue de una contemplación del texto que impacta la vida con sus desafíos urgentes de inclu-sividad, cuyas notas armonizan en la construcción del texto desde la miradas que se cruzan en él. No entro en especificaciones; la reflexión ofrecida es breve y no pretende ser especialista. De hecho, no lo soy.

Jorge León fue un pionero de una mirada inclusivo de quienes, en su campo ministerial, sufrían de patologías emocionales y vivían en la soledad de la exclusión, casi satanizados por el asomo de un sesgo depresivo. Es él, hasta hoy, un testimonio de teología de unidad. Puesta en escena del cruce de miradas Hablar de globalización es referirse, paradójicamente, a una realidad fragmentada. Una realidad que bajo la mirada de un albañil, sería como imponerse la tarea de edificar una sociedad con ladrillos muy dispares unos de los otros, y pasarse toda la vida intentando encontrar un lado coincidente para dar con la simetría mínima que le permitiera edificar. Lo que parecía anunciar un mundo uniformado se ha transformado en escenario de los más miserables episodios de conflictos étnicos.

Se observa cómo las identidades culturales y étnicas se repliegan al verse amenazadas e inseguras ante una globalización que intenta im-poner un estilo de vida. Generando un efecto contrario, exacerba las diferencias por sobre la lista de innumerables similitudes entre unos y otros; todo esto bajo la contemplación, con horror e impotencia, del traslado paulatino e inexorable de incontables seres humanos que van siendo desplazados a condiciones infra-humanas; y no encuentran otra cosa que aferrarse a sus valores espirituales y culturales más férreos como medida de resistencia o autoafirmación. Un escenario que, para los pragmáticos expertos en estrategias de evangelización proselitista, aparece como una oportunidad semejante a una pesca milagrosa de grupos homogéneos que, sin la exigencia del encuentro desafiante frente a la diversidad, tanto social, cultural, económica y racial, ven en el discurso evangélico un paquete ideológico de autoprotección y amparo que termina por domesticar el mensaje evangélico. Como una resonancia de la voz de los discípulos frente a la cercanía de la mujer sirofenicia, quienes le exigían a Jesús que la atendiera pronto para evitar su cercanía y enfrentar el escándalo de que se le viera asociada a su comunidad.

Desde esta realidad, cabe preguntarse por el sentido de la evangelización. Unos, desde la lógica de las cruzadas, se unirán a un lenguaje de reconquista y, reemplazando las armas por la manipulación psicológica y la propaganda de marketing, incrementarán sus filas de adeptos dentro de los grupos homogéneos. Otros, simplemente no verán sentido alguno a la evangelización. La sola palabra amenaza la aceptabilidad del prójimo e impone una verdad sobre los demás. Desde ambas perspectivas se nos adoctrina en la ética de la tolerancia a secas. Los primeros verán una oportunidad para crear una iglesia entre sirofenicios aislados de los problemas de roce y confrontación con la realidad de los judíos de la zona de Tiro y Sidón; una aproximación a una tolerancia de signo negativo, aceptados pero sin una aproximación que suponga intercambio o convivencia o,peor aun, sin nada que aportar desde sus diferencias; los segundos verán en el mismo ejemplo a un Jesús intolerante y que el solo ejemplo remarca discriminación, extremando el valor de la identidad singular al grado de la uniformidad, la
pérdida de especificidad y la intolerancia hacia quienes no ven como ellos. La respuesta se articula desde el modelo evangelizador de Jesús; particularmente, del encuentro con la mujer sirofenicia, donde el efecto de su testimonio frente a las miradas excluyentes rompe con prejuicios. Las miradas se cruzan para vivir el
milagro del encuentro en el mundo fragmentado. Un testimonio encarnado en el mundo de nuestras identidades y debilidades.

Un testimonio evangelizador desde este modelo nos sitúa en el lenguaje del amor incluyente, de la gracia de Dios. Frente al testimonio de Jesús, la gracia de la inclusión, las identidades abiertas a los otros y el testimonio de la reciprocidad se entrecruzan para encontrarse en la experiencia de la debili-dad asumida, la vulnerabilidad, en un mundo donde las miradas se ven amenazantes y esquivas, aparentando un ceguera distanciadora e ignoradora del otro distinto.

La evangelización de Jesús es el testimonio de la gracia inclusiva que desprejuicia. Sus repercusiones alcanzan rincones donde hay muchos que orbitan alrededor de su soledad y aislamiento, el mayor sinsentido de la vida, la forma más real y universal de manifestar la sintomatología de la hija endemoniada de la cananea. Síntoma tan común que incluso mantiene a muchos atraídos a este radical sinsentido de la vida.
La hija suscita el momento en el cual dos mundos opuestos se encuentran y cuyo cruce jamás habría dado espacio a una relación posible. Desde esa realidad se abre camino el testimonio de la gracia de la buena nueva, nueva y recíproca con el maravilloso efecto del derrumbe de prejuicios frente al otro o la otra.
El relato se reconstruye a partir de las miradas que se dan cita en las circunstancias descritas: desde el autor implicado en la narración, Mateo, a la mirada usente de la hija enferma que gatilla el momento de la mirada inclusiva, llena de gracia y reciprocidad, de Jesús.

La mirada del pastor Mateo
El testimonio pastoral
«¿Cómo será posible construir una iglesia cuya justicia traspase los tenues límites de la apariencia?», se interroga Mateo. Porque en su conciencia de pastor resonaba la voz de su maestro cuando empujaba a los suyos a desplegar una justicia mayor que la de aquellos que hacen de la religión una simple mascarada y dan razón de existir a la hermenéutica de la sospecha: no hay buena voluntad, todo es mascarada de un submundo interno lleno de las complejidades del reino del yo y la urgida necesidad de afirmar la propia identidad en un mundo amenazante y fragmentador.

Se pregunta cabizbajo, dolido por las heridas que fragmentan a su iglesia. Las rígidas fronteras étnicas y sociales que hacen de su ciudad un amenazante mosaico de violencia y exclusión se ven reflejadas en su comunidad como si esta fuera un simple espejo de ella. Como si el mandato de construir una comunidad de discípulos del resucitado no fuera bajo la potestad del Dios trino, cuyo ejemplo de comunión y relación moldea a una comunidad convocada a ser profundamente fraterna. Por el contrario, sus exclusiones y rechazos los hacían reflejo de los modos rela-cionales violentos y excluyentes de los nacionalismos de la so-ciedad donde se levanta el testimonio su comunidad de fe, Antioquia. En palabras semejantes a las utilizadas en la edición maravillosa de un sermón inolvidable sobre un monte, dirá: «Hemos dejado de alumbrar, se apagó la luz de la ciudad que somos, del candil que ilumina la casa.»

Impotente, con el solo recurso de la oración y la memoria viva del testimonio de Jesús, el pastor reconstruye una historia impactante, llena de peligro. Rayará con ella en las fronteras de la sordidez del corazón de sus fieles, de sí mismo y de la sociedad donde debe saber mantener la lámpara encendida. El testimonio de Jesús tendrá la capacidad de levantar puentes entre mundos enemigos, reconciliar las miradas que se cruzan, unir el mosaico de su fragmentada sociedad e iglesia con la paz del Reino que inaugura su testimonio.

En definitiva, restablecer relaciones que sólo el milagro de la gracia inclusiva podrá restablecer. Sólo el amor inclusivo de Dios, la gracia, puede romper los requisitos egocéntricos que impiden el encuentro y el abrazo con el otro. Ese cúmulo de requisitos al prójimo para que entre con su identidad propia, diluida por las exigencias para su aceptabilidad al mundo del otro, cae en el vacío del sinsentido ante la revelación de la justicia de Dios, que incorpora sin más a las relaciones familiares de su Reino. Donde a nadie se le nombra por sus títulos, logros o etiquetas diferenciadoras, todos hermanos y hermanas de un solo padre, el amoroso Dios que se manifiesta en la humanidad de Jesús.

Se repliegan las identidades amenazadas, se ideologizan las similitudes para construir, en vez de puentes, un verdadero castillo protector frente a los diferentes y diversos que amenazan con sus desigualdades. Como si de un momento a otro las identidades se volvieran asesinas y los puentes entre los distintos y diversos nunca hubieran existido. Mateo se empeña en no renunciar a lo que cree. Si Jesús no hubiese ejemplificado los caminos vivenciales del Sermón del Monte desde nuestra labilidad, no habría lugar para pensar que los sueños de un Reino de Dios podrían poner sus creencias en el camino de la realización. De otro modo, el pastor, Mateo, reajustaría su frustración en el con-formismo de un religioso que vería la evangelización como un adoctrinamiento a una verdad cautiva
que no incomoda a nadie.

La identidad de la iglesia de Mateo se debate entre el integrismo y la desintegración. Por un lado —dice el pastor—, tengo a quienes su identidad solo les permite aceptar a sus iguales, y por otra, a quienes viniendo de otros mundos, por legitimarse son capaces de relativizar la ética del Reino. Como si la ausencia de fronteras implicara un relativismo que deja amorfa toda identidad y donde, finalmente, el testimonio se torna innecesario.

Mateo elabora su recurso pastoral:
—Es que la reconstrucción de ese encuentro del Maestro con esa mujer camino a Tiro y Sidón tendrá que impactarlos — continúa—. Saben que Tiro y Sidón son las tierras de nuestros hermanos oprimidos por las ciudades helénicas que compran sin precio justo y desolan la tierra de los judíos pobres.
Tiene razón Mateo. Si el mismo Josefo indicaba el carácter de enemigos agresivos que los gentiles representaban para los judíos de la región. Imaginando narrativamente sus cavilaciones pastorales, continúa:
—De allí, tomando el relato de mi antecesor Marcos, haré salir al personaje que removerá nuestra identidad y dará paso al milagro del testimonio que nos sana de nuestros repliegues amenazantes o de la tendencia a maximizar ideológicamente nuestras diferencias.
La recreación del personaje atestigua el milagro de la gracia, del amor inclusivo que, admitiendo nuestras identidades con sus debilidades, rompe nuestras cerraduras y nos deja abiertos a la vulnerabilidad y la bendición de los otros, como expresión genuina de la apertura hacia Dios.
La mirada de Jesús es construida con corazón pastoral. El testimonio de Jesús es dicho con los énfasis marcados por la preocupación pastoral ya señalada. La mirada de Jesús evangeliza a los evangelizados y advierte que la evangelización solo ha implicado en nosotros la puesta en el rumbo de una acción y una transformación permanentes. Luego invitamos a los otros a sumarse, con los ojos bien abiertos a los demás, porque los distintos y diferentes son actores que nos bendicen. De este modo, se da una evangelización que pende de un testimonio que fundó la iglesia y la refunda en cada desafío de desigualdades en que la diversidad nos enfrenta.

La mirada de la mujer cananea
El testimonio de la gracia inclusiva
«Venceré todos los obstáculos», se habría dicho una y otra vez para envalentonar un acto atrevido. Como si la atmósfera de la soledad de su hija no le dejara otra opción. A sabiendas de las complejas barreras que traspasará (ser mujer, extranjera, de raza, clase y condición distintas), tendrá que vérselas en la única alternativa que tiene. Con seguridad que todo lo ha intentado previamente. Como si intuyéramos sus pensamientos detrás de su mirada:
—¿Podrá mi mirada posarse en la de aquel que enrumba decidido hacia los pobres de su pueblo? Los suyos no se lo permitirán. Jamás. Seguramente ni él mismo romperá el esquema que, de hacerlo, podría interpretarse como una claudicación a la reivindicación de los suyos, a quienes hemos oprimido y tratado
como perros callejeros.

Estas barreras en su conciencia centellaban reprimiendo aún más el paso de valor de su salida interceptora. —La desesperación me agolpa, si bien sobre mi mesa el panabunda a tal forma que las mascotas encuentran su alimento. Mi hija vive en la órbita del sinsentido más absoluto, al punto que, no bastándole no tener ese sentido vital, se siente incluso profundamente atraída por esta pérdida del norte existencial.

Su exposición desafiante al mundo tan distinto golpearía con sus diferencias al sólo acercarse al grupo uniforme que caminaba con Jesús. Así lo hicieron sentir las palabras de los discípulos: «¡Despáchala! ¡Su presencia es una peste! Concédele lo que pide y que se vaya pronto.» Y esa premura por la prontitud era
la bofetada que habría inmovilizado a cualquiera, menos a ella.

Los discípulos no quisieron transformar el bullicio de esta mujer en palabras, discurso, voz del rostro de una mirada que, desesperada desde su soledad de recursos con su hija endemoniada, quiere fijarse en una fuente de gracia. Voz cuyas palabra salvan y no contaminan. Pero sus gritos solo tenían el lugar del
bullicio que estorbaba. Ni las resonantes palabras de la filiación más genuina que advierte su voz al referirse a Jesús, de la pureza étnica del rabino que seguían, ni las consecuentes expresiones corporales que los verbos traducen en adoración a él, modificaron el escenario de dos mundos opuestos y antagónicos. No obstante, sus actos y palabras van construyendo el puente para que pase la gracia inclusiva y la experiencia del testimonio de la creencia recíproca rompa los mundos confrontados y construya caminos donde este testimonio de inclusión se transforme en la evangelización urgente de este mundo partido en mil pedazos.

Conclusión
El cruce de miradas: el testimonio de la creencia recíproca
Jesús, cuya encarnación auténtica no escatimó asumir desde su aculturización los prejuicios y la mirada privilegiada, traduce su agenda étnica en primera instancia:
—He venido a los de la casa de Israel —sentencia la voz del maestro que el pastor aun edita, no dejando espacio de inclusión, como sí lo hizo su colega Marcos al agregar la expresión conciliadora «primeramente a los de la casa de Israel».

Sus discípulos aparentan mayor tolerancia. Efectivamente. Es que si de tolerancia se tratara, las cosas seguirían exactamente igual. Solo bastaría con la cortesía, moral elemental del trato entre diversos, aunque las diferencias les impiden verse como iguales; no se construyen puentes reales. De esta manera, los prejuicios que encarna Jesús son los que todos llevamos den-tro. Una invitación a sacudirnos el ser humano moderno que él nunca encarnó y vernos desde la palpable evidencia de nuestra labilidad. En definitiva, ese acto de sola tolerancia habría sido, por parte de Jesús, colindante a la hipócrita mirada de sus mis-mos críticos. Un acto más de la arrogancia modernista de pre-tender que los conflictos se resuelven con la pragmática receta de la resolución. Siendo realistas, los conflictos solo se transforman.

Pero ante la mirada encarnada de Jesús, la mujer no argumenta, no pone resistencia. Su orgullo está vaciado en su desolación por la angustia de su hija enferma del sistema. Desolada, no tiene el contenido mínimo para contraargumentar. Cae en la condición del estado propicio para ser abusada, manipulada como tantos otros que son deslizados en la religión pragmática al servicio del sistema global, que, en el nombre de un dios que no es el de Jesús, amasa las conciencias en el conformismo y bautiza en el nombre de ese dios tirano y egocéntrico que se torna omnipresente en la globalización. Su humildad, por fin, es su mayor fortaleza ante las diferencias que imponen obstáculos inmovilizadores de su desafío. Batalla contra estos tomando inclusive el lugar del victimario que segrega, como sus compatriotas hacían con los judíos campesinos de la zona. Algo que sólo logra hacer la mirada de Jesús, quien con sus palabras logra ubicarla en los calzados de los campesinos judíos segregados por su sociedad sirofenicia, explotadora de sus recursos.

Ella muerde sobre sus dientes, baja su rostro. —No importa, tiene razón —diría ella. Jesús, en su sentencia excluyente la conduce a cambiar desde el escenario donde comúnmente estaba, a salir de la mesa de la abundancia para ponerse en el suelo donde comen sus mascotas. Tal es el grado de su creencia, de su desesperada necesidad de inclusión en la gracia sanadora. Verse a sí misma carente de derechos, en el estado de vulnerabilidad en que su gente tenía a los de la casa de Israel, forzó la agenda de Jesús y la puso claramente en el escenario de los empobrecidos hermanos del Maestro, carentes del derecho elemental que nos hace humanos: sentirnos sujetos de derechos.

Entonces la reciprocidad acontece. Se ve obligado a reconocer delante de todos que los labios de ella sí lo honran.
—Mujer, ¡qué grande es tu fe!
Jesús es inspirado por la fe de este personaje tan opuesto a su gente. Al asombro de Jesús, la estupefacción de los testigos y lectores del momento: él cree en ella. El Mesías no sólo es objeto de toda nuestra fe; él también cree en el otro. Y este encuentro de creencias inaugura el puente para que la gracia que no tiene prejuicios haga el milagro de la sanidad del sinsentido total de la hija de esta mujer extraña. ¡Cuántas repercusiones sanadoras puede tener el amor de Dios que es gracia inclusiva y transforma los conflictos de injusticia e intolerancia en espacios de reen-cuentros dignificantes y fraternales.

Creer los unos en los otros es el primer y más básico peldaño, inaugurador de la evangelización del testimonio de Jesús. Asu-mirse con sus diferencias y debilidades, y tomar conciencia del lugar del otro, quien en muchos casos ha sido marginado por las actitudes injustas y prejuiciosas de los más privilegiados. Luego, desde allí, verse vulnerable y enriquecido por las diferen-cias de los más diversos. El testimonio de la reciprocidad es el camino de la evangelización de Jesús que nuestros tiempos año-ran. A fin de que asome el Dios creador que prepara un Reino donde todos somos hermanos y hermanas.

La mirada que encuentra su órbita
El testimonio relacional
«¿Qué pensar? ¿Qué creer? ¿Qué ha pasado conmigo?», se preguntaría la niña de la mujer que hizo cambiar de opinión al maestro. En su soledad más ausente de la presencia de los
otros, en su rincón más enajenado al control de las redes del mal, la relación milagrosa de otros quebró el hechizo de las sombras del mal que reinaron su vida hasta la desesperación.

¿Puede ser esto? ¿Pueden llegar a tal punto los puentes del amor inclusivo y el testimonio de la reciprocidad? Ella no salió a ninguna parte, no tuvo ni un acto de fe. Pero las redes de las relaciones que se sanan repercuten en quienes anhelan cambios profundos. Ella no venció nada; lo vencieron por ella. Las múltiples y complejas amarras del mal se hacen nada ante las confianzas que se reencuentran y la inclusión que acontece en ella.

Parafraseando al filósofo judío Emmanuel Levinas, quien dijo que cada rostro es el Sinaí diciéndonos «no matarás», cada rostro —decimos con Mateo— es el Sermón del Monte diciéndonos «ámame», y las repercusiones de esa voz desatan las redes de toda maldad.

El pastor Mateo puede estar confiado. La reconstrucción del relato de la Palabra de Dios requebrará a los integristas y desintegrados de todo testimonio de identidad saneada. La evangelización normada por el testimonio inclusivo de Jesús bajo el imperativo de ser justos será un proceso que continuará en la
iglesia y a través de ella. Esta se verá obligada a repasar su lectura cada vez que la fuerza agigantada del mal de la intolerancia y la exclusión se asome voraz por las rendijas de su vida comunitaria.
La mujer ha regresado a casa. Algo ha cambiado radicalmente después de ese encuentro. Ya no será la misma en su valoración y la de sus vecinos de las zonas pobres de su sociedad. Ve a su hija desvinculada de las redes del mal que la atraían al sinsentido que gobierna a muchos en los múltiples espacios de nuestro sistema.

Jesús cavila el ánimo en que lo dejó la fe de esa mujer, feliz de verse vulnerable para que la gracia de Dios no tenga obstáculo alguno, para hacer de este mundo una realidad fraterna con el sello de su Reino y para que los suyos entiendan que el pan de su Reino alcanza para todos. De su testimonio ha de levantarse la actitud consecuente de sus seguidores.

Finalmente, la mirada del lector, de ayer y de hoy, se ve empujada a fijar la vista en los que están más allá de las fronteras de su propia protección, empujados al riesgo que suscita el amor inclusivo de Dios; empujada a atreverse a cruzar el umbral de las fronteras de la sociedad fragmentada e impelida por la fe que brota de la fuente de esta gracia a construir nuevos espacios de relaciones sanadoras que orillan la presencia omnímoda del mal en la sociedad global. Globalizar esta gracia será el ejercicio que devendrá en esperanza de nuevos tiempos para los incontables asolados de bienes básicos para la sustentación de la vida y su dignidad.

En una sociedad donde los fundamentalismos, religiosos y económicos, se tornan pandémicos, vehículos del mal más radical, el testimonio de una evangelización del amor inclusivo es urgente.

Omar Cortés Gaibur es Profesor y Licenciado en Filosofía de la Universidad Católica de Chile, Máster en Teología por el Regent College, de Canadá, y Máster en Diálogo Interreligioso por la Universidad de Barcelona. Tiene estudios de posgrado en Axiología en la Universidad Ramón Llul y la Universidad de Chile. Fue Secretario General de la FTL y hasta hace muy poco Director de la oficina nacional de asuntos religiosos del gobierno de Chile. Actualmente es profesor de la Comunidad Teológica Evangélica de Chile.


Nota: Este artículo fue subido a la página de la FTL el 18/03/2026

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