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Imagen de Dios e hijo de Dios

Patrick Bornhardt Daube
2020


…dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. (Gn. 1.26-28)

Basándose en este pasaje, muchos cristianos elaboran una antropología, según la cual todo ser humano es creado a imagen de Dios y que por lo tanto tiene dignidad y derechos. Esta es una postura que suelen defender los humanistas y liberacionistas. En una vereda contraria, esta imagen del humano que se enseñorea del mundo, ha dado pie a que cada vez más cristianos (o pseudo-cristianos) hablen de los cristianos como personas con una dignidad y derechos especiales, y que los hijos de Dios deberían gobernar el mundo. Estas son posturas generalmente adoptadas por los que predican prosperidad o algún tipo de teocracia. Si bien estas dos posturas, la humanista o liberacionista por un lado, y la de prosperidad o teocracia por otro lado, parecen ser opuestas, tienen la misma raíz: creer que la imagen y semejanza de Dios tiene relación a nuestra dignidad y nuestros derechos. No es mi intención negar que todas las personas tenemos dignidad y derechos, pero sí es mi intención mostrar los problemas de la lógica que se ha tenido hasta ahora.

En este texto polémico, que será humilde y no exhaustivo, quiero presentar cuál sería una postura evangélica respecto a la imagen de Dios y como derriba las falacias arriba mencionadas, y como derriba también todo espíritu imperialista y como nos llama a ser auténticas creaturas bajo nuestro Creador. Al final, expondré brevemente cómo el juicio a las naciones (Mt. 25) nos da importantes pistas de dónde buscar la imagen de Dios. 


Una postura evangélica y soteriológica

Una postura evangélica sobre la imagen de Dios, o sea, que enfatiza en el Evangelio de salvación por la sola gracia de Dios en Cristo Jesús mediante la sola fe, es la que propuso Martín Lutero. ¿Qué significaba para Lutero que nuestro primer padre y nuestra primera madre hayan sido creados a imagen y semejanza de Dios? A diferencia de los escolásticos, Lutero va a decir que esto no es algo antropológico, o sea, nuestra imagen y semejanza (dos términos sinónimos) no se refiere a atributos que podamos heredar de Dios: sea la conciencia, la razón, la creatividad, el señorío, el amor, etc. No se trata de capacidades humanas, sino que la imagen de Dios trata de una relación de comunión plena con Dios, el prójimo y la creación en general. Podríamos concluir que trata de nuestra capacidad de amar, pero tampoco es el lenguaje más preciso. Se trata, más bien, de una relación auténtica que es dada por Dios, no por nuestros atributos. Una relación de vida abundante en la que fueron creados Adám y Eva, pero que fue quebrada al caer en la tentación de tener el conocimiento del bien y del mal para ser como Dios. ¿Por qué querían ser como Dios, si ya habían sido creados a imagen y semejanza de Dios? Al caer en el pecado original, el estado original de comunión es rota y el humano pierde completamente la imagen y semejanza de Dios. ¡He ahí la importancia de que Jesús Cristo sea la imagen del Dios invisible, y que en Él, y solo en Él, es restaurada nuestra relación con Dios, el prójimo y la creación toda! Para Lutero, ser imagen y semejanza de Dios no es una cuestión antropológica, sino soteriológica. O sea, que tiene relación a nuestra salvación y no a nuestros atributos ni a nuestra dignidad humana. Esta es la postura que todo cristianos debe asumir en torno a la imagen y semejanza de DIos, si es que realmente quiere aferrarse a la doctrina que hace que la Iglesia y misión se levante o caiga: la doctrina de la justificación por sola gracia de Dios en Cristo Jesús, mediante la sola fe y no por nuestras obras, atributos ni méritos; y todo esto conforme a la autoridad infalible de las Sagradas Escrituras.

Ante esto, algunos defensores de la postura antropológica podrán citarme no más que dos versículos que les favorece de forma explícita: Génesis 9:6: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. Y Santiago 3.9: “Con ella [la lengua] bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios”.

Ante el versículo de la carta de Santiago, yo podría argumentar y forzar el versículo y decir que está hablando dentro de un contexto cristiano. Pero en el contexto de Génesis 9 no existía Iglesia ni pueblo escogido. Lo más sano es reconocer que la postura antropológica tiene base bíblica, lo que no significa que esté teológicamente correcta. Voy a tomar la misma actitud de Lutero, y decir que tales versículos son versículos de paja. A lo más, voy a reconocer que Dios los quiso en la Biblia para permitir pluralidad y para no permitir que hable yo de forma absoluta. La Biblia es, ciertamente, una parábola en sí misma y promueve la pluralidad entre nosotros. Pero si quiero ser comprometidamente evangélico, voy a decir que son versículos de paja. Aún sin entenderlo plenamente, puedo decirles con convicción que todo esto confirma que la Biblia entera es inspirada e infalible. ¡Gracias, Padre, porque ocultas estas cosas de los sabios y se las revelas a los niños y locos! Veamos ahora cómo la postura soteriológica tiene mucho más respaldo bíblico que la antropológica.

La mayor parte de las veces que habla de imágenes, es criticando la idolatría y la talla, fundición y adoración de imágenes de otros dioses o cosas creadas. Y es notable aquella excepción en la que Dios manda a Moisés a esculpir y elevar la imagen de una serpiente, para que el pueblo de Dios sea sanado del veneno de los escorpiones al mirar hacia la imagen. Jesús, conforme al evangelio del apóstol Juan, dice explícitamente que esta imagen de serpiente era una referencia a Él mismo, quien tendría que ser elevado en la cruz para que todo aquél que en Él crea, sea salvo. Así mismo dice el apóstol Pablo, que Jesús es la Imagen visible del Dios invisible (Col. 1.15; ver también He. 1.3). Pablo también habla de esta imagen para referirse a la gloria que llegarán a tener los redimidos, conforme a la cual debe actuar todo el que ha sido hecho un nuevo hombre en Cristo Jesús (1 Co. 15.49; 2 Co. 3.18 – 4.4; Col. 3.10). Esto hace eco con las palabras del Salmo 17: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”. Y hace eco, también, con la importancia que el sermón del monte y otros pasajes dan a la vista. Efectivamente, como recordamos el tercer domingo de cuaresma (oculi), necesitamos poner nuestros ojos en Jesús. En el Dios-hombre crucificado, que en su humillación resulta ser la imagen más sublime de Dios y al mismo tiempo la imagen más humanizada del humano. Porque no hay mayor amor que dar la vida. Dios es amor y el humano fue creado para ser como Él. 

Podríamos seguir fortaleciendo la postura soteriológica, al relacionar la imagen de Dios y la vista con la gloria de Dios y otros aspectos relacionados a la luz y lo visible, pero no me quiero extender en esto que se escapa del tema en cuestión.

Lo que quiero es destacar la relación entre ser imagen de alguien y la relación filial con ese alguien. O sea, tal como indica Génesis 5.1-3, ser imagen y semejanza de alguien significa ser su hijo. Esto es coherente con lo que la pedagogía y la psicología nos enseñan hoy de los niños, que son espejos de sus padres y de quienes les cuidan y enseñan. Por esto es que muchos de los que dicen que todos los humanos son imagen de Dios, también dicen que todos los humanos son hijos de Dios. Que todo humano es hijo de Dios se podría, tal vez, concluir teológicamente, ya que todos procedemos de Él y Dios ama a todos, pero no es coherente al lenguaje bíblico y debilita el énfasis teológico evangélico, según el cual somos hechos hijos de Dios mediante la sola fe en Cristo Jesús. Como no hay apoyo bíblico explícito para decir que todo humano es hijo de Dios, podemos reforzar la postura de que tampoco todo humano es imagen de Dios.


Hijos de Dios

Ser hijos de Dios, y por lo tanto tener al Dios creador como nuestro Padre, es una de las dimensiones más características de la fe y religión cristianas. Por algo Cristo Jesús nos enseñó a orar “Padre nuestro…”, por algo Jesús habló siempre del Padre y por algo su Espíritu nos hace clamar “¡Abba, Padre!”. Así como Jesús es la única imagen verdadera de Dios, también confesamos con el credo apostólico que Jesús es el único Hijo de Dios. Solo podemos ser imagen de Dios e hijos de Dios participando de algo ajeno a nosotros, de forma inmerecida, de forma impropia. Solo podemos ser imagen de Dios e hijos de Dios si somos auténticos miembros del cuerpo de Jesús Cristo, su único Hijo, nuestro Señor, la única Imagen del Dios invisible.

Identificar al pueblo de Dios como hijos de Dios no nace de Jesús, sino que aparece ya en el Antiguo Testamento. Aunque al enfrentarnos a los textos veterotestamentarios, hay que entender que en el contexto cultural del antiguo medio oriente se usaba el título de “hijo de Dios” o “dios” para los gobernantes u otros seres poderosos, por lo que en algunos casos es entendible traducir esos títulos simplemente como “rey” o “ángel”. Lo cristianos igual vemos en varios de esos pasajes, especialmente en los salmos, una prefiguración profética de Jesús como Hijo de Dios y Rey. Veremos más adelante, sin embargo, que la doctrina cristiana de Jesús como Hijo de Dios y Rey no promueve la pretensión a gobernar, sino todo lo contrario.

En la liberación de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, Dios dice a Moisés: “Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito“ (Éx. 4.22). La promesa mesiánica de Dios a David dice así: “Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo” (2 S. 7.14). En los salmos también se habla de una relación filial de Dios con todo el que le teme: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal. 103.13).

La Biblia relaciona constantemente, al igual que otros textos en el contexto del antiguo medio oriente, el ser hijos con el ser aprendiz y semejanza, como bien indica Hermann Sasse en “Padres de la Iglesia” (1954). Esto se debe, en parte, a que el oficio era determinado por el nacimiento, de forma que el hijo aprendía el oficio del padre. Si acaso otra persona quería aprender el oficio, también debía asumir una relación filial con el padre para respetarle y volverse su semejanza. El énfasis de Jesús, de que seamos como niños ante Dios nuestro Padre, también apunta a imitarle y a aprender de Él. Todo niño adora a sus padres y actúa conforme a lo que ve en ellos y conforme a sus enseñanzas (Mt. 5.48,12.49-50; Ef. 5:1-2; 1 P. 1.14; 1 Jn. 3.9, 5.2). He ahí la importancia de que Dios se haya hecho visible, como Pablo también nos dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8.29).


Dignidad y derechos

Un gran error es creer que ser hijos de Dios, a su imagen y semejanza, otorga un estatus mayor, mayor dignidad y derechos. Muchos destacan que ser hijos de Dios implica ser hijos del Rey y tener autoridad real para sojuzgar y enseñorearnos por encima de otros y del resto de la creación. Escuchamos estas cosas principalmente de personas vinculadas a la teología de la prosperidad, la cual debemos denunciar como una de las herejías más peligrosas del siglo XX. Sin embargo, es la misma lógica de quienes quieren fundamentar religiosamente los derechos humanos, argumentando que todos somos creados a imagen y semejanza de Dios. Como si ser imagen y semejanza de Dios te diera un estatus, dignidad o derechos.

Esa concepción está más vinculada a la concepción del poder que han tenido los grandes imperios: Babilonia, Egipto, Roma, el Papado, etc… Todos han dado títulos divinos a sus gobernantes, creyendo que llevar el nombre divino o ser parte de la naturaleza divina significa primeramente tener autoridad y señorío. Los cristianos caerán fácilmente en esta tentación si como imagen de Dios tienen primeramente al Jesús victorioso que exorciza y hace milagros, al Jesús victorioso que resucita, al Jesús victorioso que asciende y está sentado en su trono a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, u otra imagen que insista en la glorificación o haga de Jesús alguien atractivo para el mundo. Estoy criticando aspectos que hacen parte integral de la fe en Jesús, pero solo debemos aceptarlas si sabemos cual es el centro que justifica todo lo demás. Ese centro es confesar que la única imagen perfecta de Dios es esta:

No es la gloria de Jesús la que justifica, sino su sufrimiento en la cruz. No es la belleza de Jesús la que justifica, sino su fealdad. No es lo espectacular de Jesús lo que justifica, sino su escándalo. El verdadero poder de Dios es su debilidad, y su verdadera sabiduría es su locura: la locura de la cruz.

Cuando veo la verdadera imagen de Dios… ¡ay! ¿En serio quieres, Señor mi Dios, que sea como tu imagen? ¡ay! ¡Ojalá nadie fuera imagen y semejanza de Dios! Mas Tú, ¡Tú! Señor mío, ¡Tú! Salvador mío…¡Tú, y solo Tú, eres la perfecta imagen de Dios y nos justificas inmerecidamente! Entonces puedo abrazar la locura de Dios, la debilidad de Dios, la fealdad de Dios… y ver claramente cuán sabia, poderosa y hermosa es su imagen. ¡Grande es el amor de Dios por mí!

Cuando alguien te quiera tentar, usando el nombre de Dios en vano, hablando de la imagen de Dios en vano, prometiéndote dignidad, derechos, felicidad, lujos o cualquier tipo de gloria o estatus…. ¡CORRE! En ese momento debes desechar la imagen de Dios como lo más corrupto, desagradable, desdeñable, pecaminoso e injusto que hay bajo el sol, y lo más asqueroso que hay sobre la tierra. Cuando te digan: “¡Hijo del Rey!”, debes responder: “No, no… con suerte soy hijo de mis padres… no soy más que un hijo de la tierra, hijo de gusano soy yo. No merezco probar leche y miel, ni soy digno de probar los frutos de los árboles. Me contento con alimentarme del pasto, me basta, en realidad, con comer polvo”. Al hacer esto no estamos cayendo en herejías ni renunciando a las promesas que Dios nos da. Solo estamos imitando a nuestro Señor Jesús —¡alabado sea por todos los siglos!— cuestión necesaria si queremos ser efectivamente parte de las promesas divinas. 


La Imagen y el imperialismo

Jesús nunca se llamó a sí mismo “hijo de David”. No reprendió a los que le llamaban así, reconociendo la necesidad y fe genuinas de esas personas, y reconociendo que en Él se cumplía la promesa mesiánica hecha al rey David. Pero el mesianismo de Jesús es todo lo contrario al mesianismo davídico. En los tres evangelios sinópticos Jesús cuestiona que el Mesías sea hijo de David (Lc. 20.41; Mt. 22.41-46; Mr. 12.35-37) y en el evangelio de Juan se escapa cuando le quieren hacer rey (Jn. 6.15). Si bien la Biblia narra que el máximo apogeo del reino de Israel fue con el rey Salomón, sigue siendo el rey David el máximo exponente de la realeza, pues fue un valiente hombre de guerra y expandió el reino como ningún otro. En David se ve, por encima de cualquier otro, el espíritu imperialista de Israel. Pero recordemos que esto nunca fue la voluntad de Dios (1 S. 8) y que por lo mismo no deja que David construya el templo de Jerusalén (2 S. 7; 1 Cr. 22.8-10), pues tenía las manos manchadas con sangre. Estas nociones en contra de la monarquía y el imperialismo deben ser complementadas con el trabajo de Juan Stam, que muestra cómo el libro de Apocalipsis es un libro principalmente anti-imperialista; y también deben ser complementadas con los cursos de Dia-Logos, dirigidos por David Rodríguez Fuentealba, que rescatan el espíritu anti-imperialista de los textos paulinos.

Si bien la gente recibió a Jesús como “hijo de David” cuando entró en un burrito a Jerusalén, después estaban pidiendo a Poncio Pilato que lo crucifiquen. ¿Por qué? Porque vieron que no cumplía con sus expectativas mesiánicas. Jesús no les servía (aparentemente) para liberarse del imperialismo romano. Pensaban que debían vencer imperialismo con imperialismo, pero Jesús y los apóstoles nos enseñan que no se vence el mal con el mal, sino que debemos vencer al mal con el bien: con las armas de la luz: con el amor al enemigo. Esto es lo mismo que le decía Jesús al apóstol Simón Pedro tratándolo de “Satanás” (Mt. 16.13-28; Mr. 8.27 – 9.1; Lc. 9.18-28). Jesús le da las llaves del reino a Simón Pedro, pues es el apóstol que lo identifica como el Mesías. Sin embargo, cuando Simón Pedro no quiere aceptar que el Mesías debía sufrir, sino que se aferra al mesianismo davídico y triunfante, Jesús le dice “Satanás”. O sea, que el proyecto del apóstol Pedro, el proyecto mesiánico davídico o imperialista, es el proyecto de Satanás y es todo lo contrario al Reino de Dios y a la imagen de Dios.

La imagen perfecta del Rey es la de Jesús crucificado, sobre el cual estaba el cargo de su ejecución: “el Rey de los judíos”. Aquí Dios está crucificando todo proyecto monárquico e imperialista, especialmente aquél que use el nombre de Dios en vano.

Para mí no es en vano que los Padres de la Iglesia hayan asignado al evangelio de Marcos el tetramorfo con cara de león. La tradición asigna a cada uno de los evangelios uno de los tetramorfos que aparecen en Apocalipsis 4.1-9, que a su vez hacen eco con los tetramorfos de Ezequiel 1.10. El que corresponde a Marcos es el con rostro de león. El león hace referencia a la realeza, e intuyo que este evangelio está dirigido a todos los valientes que se identifican con el mesianismo davídico. ¡No es necesario ser valiente ni es necesaria la esperanza davídica! Marcos enfatiza en el misterio mesiánico, y los críticos han descubierto que los papiros originales terminan con la tumba vacía. Ante la tumba vacía, las mujeres no ven nunca a Jesús resucitado, sino solo un hombre de ropa larga y blanca que anuncia la resurrección de Jesús. Se han encontrado hasta 4 finales alternativos, que incluyen la aparición del Jesús resucitado, y coincido con los críticos que dicen que terminar con la tumba vacía es más fiel al sentido de este evangelio, y que cualquiera de los 4 finales agregados posteriormente no deben ser parte del canon.

El evangelio según Marcos termina con la tumba vacía, por lo que si hay que asignarle un número sería el 0: el vacío. En el vacío, en el que no vemos al Jesús resucitado, en el que en vez de valentía para evangelizar solo sentimos temor que nos deja paralizados, cuando nuestra fe está desnuda: sin esperanza y sin amor… ahí entendemos qué significa que somos justificados por la sola fe. Por la fe sola. Una fe que no se basa en el ver, sino en el oír. Una fe que aprende a no desesperar por ver el justo juicio del León de Judá, sino que encuentra su contentamiento en el cordero inmolado. Leo este evangelio, el de Marcos, y es como si me dijeran: “No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado […]. El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.” (Ap. 5.5, 9). El único León y Rey verdadero es el cordero inmolado: Jesús crucificado. No el Jesús triunfante, sino el sufriente. Sí, Jesús es triunfante: en la cruz. Esa es la llave del Reino de Dios, del libro de la vida, que Jesús quiere pasarle al apóstol Pedro y a nosotros sus discípulos en general. Ahí donde el apóstol Pedro, Satanás o cualquiera que se aferre al mesianismo davídico vea en la cruz solo derrota y muerte, la Palabra dice que hay victoria, amor y vida eterna. De tal forma que debemos mirar a Jesús crucificado y tener fe en lo que oímos: que justamente ahí es victorioso.

Como conclusión, si queremos ser fieles a la imagen de Dios, participando del mesianismo de Jesús, debemos renunciar a los otros tipos de mesianismos y sobre todo renunciar al imperialismo y a usar el nombre de Dios para adquirir estatus o poder. Ser hechos imagen y semejanza de Dios no tiene nada que ver con dignidad y derechos, y tiene todo que ver con renunciar a nuestra dignidad y a nuestros derechos por amor al otro. Ser imagen de Dios implica considerarnos gusanos y no hombres, conforme al Salmo 22 que rezaba Jesús en la cruz; y considerarnos el más grande de los pecadores, como nos enseña el apóstol Pablo (1 Tim. 1.15), considerándonos menor que el otro (1 Co. 9.19). La imagen de Dios no es ascendente, sino descendente (kenótica).





¿Hijos o creaturas?

Si Jesús no se identifica a sí mismo como hijo de David… ¿Cómo se identifica? El título preferencial con que Jesús se identifica a sí mismo es el de “hijo del hombre”. En algunas ocasiones específicas, podemos interpretar esto de forma mesiánica, de acuerdo a lo profetizado por Daniel sobre el hijo del Hombre (Hombre con mayúscula). Pero la mayoría de las veces, Jesús lo usa en el sentido del profeta Ezequiel, o sea, hijo de hombre con minúscula. ¿Qué significa hijo del hombre con minúscula? Nada más que eso: que es un humano que nació de un humano como cualquier otro humano. Significa que es hijo de Adám. Adám es el nombre del primer humano creado por Dios, de la tierra lo creó y de él descendemos todos, y el significado del nombre Adam es “hombre”. O sea, nuestras Biblias podrían poner a Jesús diciendo que es “hijo de Adam” y es una traducción tan válida como “hijo del hombre” o “hijo de la humanidad”. Al mismo tiempo, la palabra Adam hace alusión a la tierra (adamá), por lo que “hijo de la tierra” también podría ser una traducción posible.

¿Qué implica esto? Que Jesús no se contenta con el proyecto mesiánico de su pueblo escogido, sino que se identifica con toda la humanidad y la creación. Él es imagen y semejanza de Dios, así como Adám y Eva eran imagen y semejanza de Dios antes de caer en pecado. O sea, en perfecta comunión con Dios, el prójimo y la creación.

¿Qué implica esto? Lo que ya he expuesto más arriba: que siempre que nos tienten con honores relacionados a la imagen de Dios o a algún mesianismo teocrático, imperialista o triunfalista, respondamos más bien con humildad (humus = tierra) y no nos identifiquemos con ese dios triunfante. Que cuando nos prometan, como hacen algunos, convertirnos en dioses para crear nuestros propios planetas, digamos: prefiero ser un hijo de la tierra y ser fiel a ella. Porque la Biblia dice con claridad: polvo eres y al polvo volverás (Gn. 3.19). Y no dudes que habla del polvo de la Tierra y no del polvo de Marte ni de algún otro planeta. ¿Qué cosa más linda que, luego de morir, volvamos al vientre de nuestra madre, la tierra?

¿Cómo reconocer si alguna doctrina tiene una imagen correcta de Dios? Parafraseando al apóstol Juan: toda aquella doctrina que no menoscabe la doctrina de la encarnación (1 Jn. 4.2-3; 2 Jn. 1.7). Parafraseando al apóstol Pablo: toda aquella doctrina que no busca tener los honores de Dios (2 Ts. 2.4). El segundo trata a los que tienen tales doctrinas como “hijos de perdición”, y el primero trata a los que tienen tales doctrinas como “anti-cristos”. Ambos aspectos están íntimamente relacionados, pues la encarnación no busca honores, sino que se despoja de ellos en actitud descendente (kenótica) y encuentra su momento climático en la cruz y en el descenso a los infiernos. Es en estos momentos en que Jesús sufre en carne propia todos los pecados y males de la humanidad y la creación, que gime a una con dolores de parto hasta que por fin sea manifestada la gloria de los hijos de Dios (Ro. 8.22). Esto significa, conforme a los textos y reflexiones que hemos presentado hasta ahora, que la tierra y todo lo que en ella habita, será liberada de sus sufrimientos cuando por fin la imagen y luz del crucificado brille en nosotros. Una doctrina que no se preocupe de la tierra, es anti-cristiana y lleva a la perdición.

De forma similar reflexionaba desde la cárcel Dietrich Bonhoeffer, tal como constatan las cartas que escribió a su confesor y amigo más íntimo. La religión ha hecho mucho mal al pretender darle a algunos un estatus por encima de otros. En crear espacios religiosos de escape con respecto al mundo. Bonhoeffer alerta que con estos llegamos a parecernos más a Juan el bautista o a los fariseos que a Jesús, que fue alguien completamente encarnado en el mundo. El religioso busca, muchas veces, elevarse y estar por encima de una condición de creatura, cuando ser hijo de Dios significa todo lo contrario: simplemente ser auténticamente creaturas bajo nuestro Creador.

Para algunos, todo esto puede parecer algo universalista, inclusivista o pluralista. Ante quienes quieran interpretarlo así, les digo que no debemos nunca renunciar al exclusivismo propio de la fe cristiana. Un exclusivismo jesúscentrico que, si toma en serio la doctrina de la encarnación, se vuelve necesariamente eclesiocéntrico. Hoy más que nunca debemos proclamar ese lema que dice “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación). Y solo si somos radicales en este exclusivismo, podremos ser libres y realmente universalistas, inclusivos y plurales, de la forma en que Dios quiere que lo seamos.

Es con este exclusivismo que debemos decir sin miedo que no es lo mismo ser hijo de Dios que creatura de Dios. Uno es hecho hijo de Dios e imagen de Dios solo mediante la fe del bautismo, por medio del cual somos incorporados a la Iglesia, que es el verdadero cuerpo de Cristo Jesús. Quien no hace parte de la santa comunión no es hijo de Dios, sino solo creatura de Dios. ¿Pero qué significa ser hijo de Dios e imagen de Dios, sino ser una auténtica, humilde y simple creatura ante su Creador? Si les parece que me contradigo, debe ser que no han comprendido la magnitud del pecado, ni todos los aspectos de la salvación y de la imitación a Jesúscristo que nace de dicha salvación. Solo participamos de las promesas de Dios en cuanto se ha renovado en nosotros nuestra calidad de creaturas.

No entiendo por qué algunos, que no se identifican con la fe cristiana, se ofenden cuando diferenciamos entre hijo y creatura. ¿Por qué quieren ser hijos de alguien en quien no creen? ¿No entienden, tampoco, que basta con ser creatura para ser digno y amado por el Creador? ¡Ser hijo e imagen de Dios no significa tener más dignidad, sino renunciar a toda dignidad! El humano no tiene dignidad y derechos por ser imagen o hijo de Dios, sino por el simple hecho de ser creado por Dios como humano. Los DD.HH. no necesitan recurrir a la idea de que somos creados a imagen y semejanza de Dios. Con mayor razón en el actual contexto pos-cristiandad. ¡Dejen de usar el nombre de Dios en vano, buscando poder para sus propios proyectos ideológicos! ¡Víboras! ¡Sepulcros blanqueados!

Dios creó todas las cosas con dignidad, conforme a su especie. Conforme a nuestra especie, nos dió DIos dignidad. Al humano dignidad de humano y derechos humanos. A los otros mamíferos, dignidad de mamífero. A los reptiles dignidad de reptil. A las aves dignidad de ave. A los peces y monstruos marinos, dignidad de peces y monstruos marinos. Suma y sigue. Un gran problema de hablar de la dignidad a partir de la imagen y semejanza de Dios dada a Adám y Eva, es que termina negando que las demás creaturas y la tierra misma tengan dignidad. La verdad es que Dios cuida cada cosa creada: la luna, las estrellas, las nubecitas, los mosquitos, los pececitos, cada niño… Dios ama y cuida a cada uno, y también te ama y te cuida a ti.


El juicio final

Ahora, les pido que se olviden de todo lo que les he compartido. Que tengan mi doctrina por basura, por más luterana, agustiniana o paulina que sea. Olvídenla, porque ahora leeremos palabra del mismo Jesús:

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria,
y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.
Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;
estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?
¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.
Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;
fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.
Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?
Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.
E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
Mt. 25.31-46

Aquí Jesús Cristo se muestra como cumpliemiento de la profecía de Ezequiel 34, como el Pastor y Rey que vendrá en gloria para hacer justicia, para aplicar la ley de Dios que nos exige buenas obras y nos juzga conforme a ellas. Con este pasaje debemos sentirnos interpelados por Dios y debemos juzgarnos a nosotros mismos, como individuos y como Iglesia. ¿Estamos haciendo, realmente, la voluntad de Dios? Jesús presenta un centro que lo define todo: servir a sus hermanos más pequeños. Esto tiene, si bien de forma implícita, relación con la pregunta por la imagen y semejanza de Dios y debe orientar todo nuestro quehacer.

¿Quiénes son estos hermanos más pequeños? La interpretación más común hoy es que se refiere a toda persona en necesidad. Es innegable que el seguidor de Jesús está llamado a servir a todo el que está en necesidad, pero no es a lo que apunta este pasaje en cuestión. Tenemos que ver, en el contexto del evangelio según Mateo, a quiénes Jesús trata de “hermanos pequeños”.

Lo primero es notar que Jesús habla de “hermanos”, que en todo el Nuevo Testamento se usa exclusivamente para seguidores de Jesús. Y hay dos partes en que Jesús trata de pequeños a sus hermanos: en el sermón misional (Mt. 10), cuando envía por primera vez a los 12 apóstoles a predicar la proximidad del Reino; y en el sermón eclesiológico (Mt. 18), cuando le preguntan quién es el mayor y pone a un niño pequeño como ejemplo.

En el sermón misional envía a los 12 apóstoles como ovejas entre lobos a proclamar su Palabra, dándoles aliento en medio de la persecución que sufrirán, diciéndoles:
El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
Mt. 10.40-42

Y en el sermón eclesiológico, ante las pretensiones de poder y el peligro de que los discípulos caigan en un nuevo tipo de fariseísmo, pone a los niños en el centro:
En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?
Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.
Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.
[…]
Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.
¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado?
Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron.
Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.
Mt. 18.1-6, 10-14

Sea en el caso del sermón misional como en el caso del sermón eclesiológico, está claro que hablan de hermanos en la fe. Así mismo, fuera del sermón eclesiológico que habla de la disciplina ante conflictos internos, los sermones del evangelio de Mateo hacen referencia explícita a la persecución que sufrían los discípulos a causa del nombre de Jesús, sea por parte de judíos como por parte de romanos. Ante esto, es necesario asumir la situación urgente de nuestros hermanos perseguidos como un principio hermenéutico (de interpretación) central. Si seguimos la interpretación que nos da Sung Young Yun de la situación existencial (Sitz im Leben) de los primeros receptores del evangelio de Mateo, se trata de una comunidad en Antioquía que, después de sufrir persecución por décadas, ya consigue ser parcialmente tolerada. Una comunidad que ya no sufría mayor persecución, pero que ahora sufría conflictos internos en los que cristianos judaizantes reprimían a los cristianos más helénicos o liberales. ¿Qué veo yo que les decía a ellos estas palabras de Jesús sobre el juicio final? Que Jesús está del lado del que sufre necesidad, que dejen de pelear entre ellos y pongan sus ojos en el cuerpo sufriente de Jesús en otras partes donde sí hay persecución por causa de confesar a Jesús como Señor. Que sean fieles a su propia historia de persecución, de forma que se comprometan con la evangelización y con los hermanos perseguidos por causa del Evangelio. Esa es la Imagen que Jesús le da para que les ilumine en su misión externa: evangelistas y otros hermanos que sufren persecución por causa de Cristo, así como Él la vivió y dijo que viviríamos. La otra Imagen que Jesús les da, para iluminar su misión interna, son los discípulos más pequeños: los niños. Es pensando en ellos y aprendiendo de ellos que podremos promover disciplina y unidad correctamente. La mejor forma de entender la relación entre estos pequeños y Jesús, es la de aquél misterio que dice que los discípulos somos miembros del cuerpo de Jesús, carne de su carne y huesos de sus huesos. Por esto es que al hacer algo a un discípulo, a Jesús se lo haces. Sin negar lo anterior, tratar a estos pequeños como imágenes de Jesús también es un buen ejercicio.

¿No logras ver a Jesús en las Sagradas Escrituras? ¿No logras ver a Jesús en sus Sacramentos? ¿No logras ver a Jesús en las Iglesias divididas? ¡Mira a los niños! ¡Mira a los que están sufriendo persecución a causa del Evangelio! Ahí está más visible y palpable que en ninguna otra parte la imagen de Dios. ¡Son ellos los que llevan, más visible que nadie, las marcas de las bienaventuranzas!

La persecución no es algo que solo sufrió la Iglesia primitiva. Cristianos perseguidos han habido en todos los siglos, y hoy hay más que nunca. Son más de 60 países en los que hoy el Evangelio sufre restricciones (por parte del Estado) u hostilidades (por parte de la cultura o grupos ajenos al Estado), que llevan a que los cristianos, sobre todo los evangelizadores, sufran desempleo, burlas, cárcel, tortura, asesinato, genocidio u otros sufrimientos. Por ejemplo, en Nigeria, Boko Haram y los Fulani han asesinado a más de 32.000 cristianos desde 2009 y más de 600 dentro de los primeros 4 meses del presente año, dejando miles de huérfanos y viudas. En Eritrea, el gobierno comunista busca controlar cada aspecto de la vida y los límites para vivir la fe cristiana son bastante estrechos. Se estima que tienen cerca de 500 cristianos presos en containers en el desierto con pésimas condiciones de sobrevivencia.

Por nuestro lado, estamos cada vez más divididos, especialmente ahora que ha surgido el interés de que la Iglesia se involucre en política. ¡Cuán fácil es que usemos ahí el nombre de Dios en vano y nos volvamos perseguidores! Nos dividimos más y sufrimos conflictos internos, porque no hemos puesto nuestros ojos en el Cristo Jesús que hoy está sufriendo por causa del Evangelio. El juicio final nos interpela, con urgencia, ha cambiar y a comprometernos de lleno con sus hermanos más pequeños. Podría ser, incluso, un requisito para la comunión plena entre Iglesias, que estén comprometidas con organizaciones como Puertas Abiertas y Voz de los Mártires.

Es importante como los sermones de Jesús en el evangelio de Mateo tienen un carácter exclusivista, como ya les he presentado: hablan siempre en el contexto del discipulado radical y casi siempre en el contexto de ser perseguidos a causa del nombre de Jesús. Mientras con más urgencia y ahínco abrazamos este exclusivismo, más vamos a aprender del amor universal que viven los cristianos perseguidos, conforme al Sermón del Monte. Ese amor al enemigo que Richard Wurmbrand encarnó como pocos. Ese amor al enemigo del cual también habla el apóstol Pablo: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (Ro. 12.20). Y también nos dice: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6.10, ver también 1 Tim. 4.10, 5.8).


IMAGEN DE DIOS E HIJO DE DIOS

Hemos tratado, de forma tangencial, ciertas implicancias de lo que significa ser imagen y semejanza de Dios. Luego de revisar cómo se usa el término en la Biblia, hemos conectado el ser imagen de Dios con ser hijos de DIos, y haciendo esto lo podemos vincular con las distintas formas que la Biblia habla de los discípulos de Jesús y la Iglesia, incluyendo el misterio de que seamos verdadero cuerpo de Jesúscristo.

Se han tratado estos temas de forma tangencial, con el fin de criticar la relación de la imagen de Dios con la dignidad, los derechos y el poder, criticando tanto a los que buscan prosperidad o teocracia, como a los que buscan humanismo o liberación. Así mismo, es importante cuidarse de menoscabar la dignidad del resto de la creación, y creer que el humano tiene el derecho de oprimir a la tierra y lo que en ella habita. Ser hechos imagen y semejanza de Dios es renunciar a nuestra dignidad, nuestros derechos y al poder, dejando todas estas cosas en las manos de DIos y aceptando el camino estrecho que caminó Jesús y los que hoy sufren persecución en su nombre.

El llamado final es a buscar la imagen de Dios en los que sufren y necesitan de nosotros y del Evangelio, mayormente a los niños y a los que sufren persecución por causa del Evangelio. Con todo, si no compartes los argumentos y conclusiones aquí expuestos, concédeme, por favor una única cosa: Pongamos nuestros ojos en la única imagen de Dios: en JESÚS CRUCIFICADO. Amén y AMÉN.

Patrick Bornhardt Daube es un penquista chileno-alemán de la Iglesia Evangélica Luterana en Concepción. Esposo y padre de un hijo. Ingeniero Civil Industrial y Licenciado en Estudios Teológicos, está ahora estudiando la Pedagogía para ser profesor de matemáticas y de religión.

Nota: Este artículo fue subido a la página de la FTL el 13/05/2024.

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