
Hans de Wit
En agosto del año pasado tuve el privilegio de participar en un evento organizado por la Universidad Javeriana en Bogotá: el II Congreso Internacional de Lectura Bíblica. Varios de los que ahora participan aquí estuvieron presentes en ese evento.
Es larga la experiencia que tengo con la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Comencé a participar en los años de 1980 en Santiago de Chile. La FTL en aquel entonces era prácticamente el único lugar donde bautistas, metodistas, presbiterianos de diferentes iglesias, católicos, menonitas y otros nos encontrábamos. La FTL siempre ha sido una instancia importante, no solamente desde el punto de vista teológico, sino también ecuménico.
Quisiera comenzar diciendo esto: mis profundas felicitaciones por su larga existencia. Vale la pena celebrar un evento de tal magnitud.
Se me pidió que reflexionara sobre ‘hermenéutica empírica’ y lectura intercultural de la Biblia. La hermenéutica empírica es una rama nueva en el campo de las muchas hermenéuticas que hay. Esa hermenéutica – y lo digo con mucho énfasis − trata de defender los derechos del grupo más descuidado en el proceso de interpretación de la Biblia: los lectores y las lectoras comunes. Más adelante explicaré lo que entiendo por “lector o lectora común”.
Lo que la hermenéutica empírica quiere es rescatar lo que traen los lectores comunes, valorar su capacidad hermenéutica y considerarlos como lectores competentes.
Podemos decir que en el proceso de interpretación de la Biblia hay por lo menos tres actores o factores prominentes: el texto bíblico mismo, el intérprete y los contextos tanto del texto como del intérprete.
En los muchos siglos de lectura de la Biblia el texto bíblico siempre ha recibido gran atención. Es, evidentemente, un elemento o actor imprescindible en el proceso de interpretación de la Biblia. Sin texto no hay interpretación. Pero debemos admitir que una extrema obsesión con el texto, así como la conocemos de las lecturas fundamentalistas, puede ser peligrosa y bloquear el proceso de búsqueda que la fe también siempre es. Una profesora holandesa alguna vez dijo: “De todos los libros de la historia de la humanidad la Biblia es el más peligroso, porque está dotada del poder de matar”. Tenía razón esta profesora. Mucha exclusión, dolor e incluso muertes han producido estas lecturas cerradas, triunfalistas. Lecturas que no hacen sino usar el texto bíblico para defender o rechazar ciertas prácticas sociales y adoptar cierta percepción de la correcta ética sexual, de la correcta posición de la mujer en la sociedad e iglesia. No es necesario dar ejemplos. Los ejemplos abundan.
Repito: el texto bíblico como elemento primordial en el proceso de interpretación ha recibido mucha atención, y si el lector no tiene una identidad hermenéutica frágil, una concentración absoluta en el texto como portador de una verdad absoluta puede ser peligrosa. El texto se convierte en arma, y leer la Biblia se asemeja a entrar al campo de batalla. El otro lector llega a ser enemigo.
En encuentros ecuménicos o interreligiosos el uso unilateral de textos bíblicos puede llegar a ser obstáculo cuando los usamos solamente para probar nuestra razón frente a otros creyentes. Puede sonar como herejía, pero los cristianos no creemos en un libro sino en Dios, el Padre, en Jesucristo crucificado y resucitado. Entre creer en un texto o creer en Dios hay una gran diferencia.
El texto bíblico es solamente un elemento en la interpretación de la vida, de quién soy y lo que me corresponde hacer para la llegada del Reino. Recuerdo una frase de mi coterráneo e inspirador Carlos Mestres, que alguna vez escribió: “En un buen proceso de lectura bíblica, el texto desaparece, se esconde detrás de la conversación entre los que participan en la conversación sobre el significado y la aplicación del texto”.
No, la buena lectura de la Biblia es un arte que va mucho más allá de descubrir el significado último y único de un texto bíblico. Leer la Biblia bien es un arte.
En el nivel de lectores comunes vemos hacerse visible lo que en las teorías hermenéuticas se define como buena lectura: la voluntad de llegar al otro, a la otra, no para matarla o eliminarla, sino para llegar a conocerla.
Para el filósofo Paul Ricoeur la lectura «nos permite simpatizar con seres vivos distintos de nosotros mismos, poniendo a prueba nuestra imaginación y nuestra sensibilidad ética».
En la buena lectura, la lectura de una historia, de un texto con compasión, la lectura se convierte en un puente hacia el otro. Existe un vínculo entre la lectura y la capacidad de las personas para imaginar lo que otra persona piensa, siente o ha experimentado. En una buena lectura, nuestra propia experiencia del mundo se transforma en algo nuevo, en algo que faltaba, y el resultado es que se manifiestan un yo y un mundo más ricos y amplios.
Sí, la buena lectura de los textos sagrados es un arte, un arte de vivir. Es tarea de los lectores crear un mundo nuevo a partir de lo que los escritores les ofrecen libremente. Se trata de un proceso creativo y no destructivo. Una buena lectura de las Escrituras es, por tanto, también una lucha contra la falta de escucha, contra el fanatismo religioso que siempre va acompañado con un analfabetismo literario. Es una lucha contra la lectura como cruzada («Dios lo quiere») y todas las formas de lectura que quieren dominar y reducir la infinidad de los significados del texto al eco de nuestra propia voz. Debemos ver el texto bíblico como una invitación y leerlo como la oportunidad de aprender a amar.
El otro actor en el proceso de interpretación del texto bíblico es el experto, el exégeta. En ese congreso al que acabo de referirme, que me encantó y que fue un gran evento − el Congreso Internacional de Lectura Bíblica − había alrededor de treinta y cinco exposiciones sobre Fratelli Tutti, la última encíclica del actual papa. De las casi treinta y cinco contribuciones ninguna habló de la percepción del lector común de la encíclica, su proceso de recepción, el efecto que tuvo en sus lectores. Quedó sin mencionar esa categoría mayoritaria de lectores de la Biblia: los lectores comunes. En muchos casos no son ellos quienes determinan lo que el texto bíblico dice y significa, sino los expertos, los exégetas. El intérprete ‘ideal’ casi siempre es el intérprete experto. Mucho de lo que creemos que la Biblia dice viene de la opinión y la investigación de expertos.
No quiero subestimar o desprestigiar el papel del exégeta en el proceso de la interpretación, pero su actitud frente al texto es diferente de la actitud del lector común. Generalmente, la búsqueda del exégeta está históricamente orientada. Quiere saber lo que está detrás del texto, en qué contexto nació, quién la escribió. Por más importante que sea saber todo eso, este tipo de investigación deja un vacío y no agota todo el potencial de significado que un texto histórico pudiera tener. En las palabras de Paul Ricoeur:
A pesar de sus muchas virtudes la exégesis moderna, orientada todavía casi exclusivamente históricamente, está profundamente viciada por su obsesión con un texto inmóvil, un texto reducido para siempre hasta su forma actual. De manera artificial la exégesis considera el desarrollo de las Escrituras como acabado en su redacción final.
Pasa que el significado de aquellos textos de la Biblia no se agota en la puesta por escrito final de ellos. Hay una vida después, importante, elemental. Es cómo orientan a nuevos lectores, es cómo conducen a lectores posteriores, viviendo en contextos no vistos por el texto, a reflexionar sobre su propia vida y el mundo en que están y cómo, desde una nueva experiencia da una nueva vida a los textos.
Es esa capacidad de los textos de iluminar contextos y situaciones no vistos por su autor original lo que nos lleva a hablar de lectores comunes. Cuando hablo de la hermenéutica empírica, que busca rescatar las voces, las opiniones y la sabiduría de los más olvidados, hablo de un segundo tipo de lector en el proceso de interpretación que es el de los lectores y lectoras comunes. Por “lector común” (que en inglés se llama: ordinary reader, pero que en castellano no suena bien: “lector ordinario” o “lectora ordinaria”) no se refiere tanto a una persona, un lector o una lectora de carne y hueso, sino más bien a una actitud frente a la Biblia, frente al texto. Mientras que podemos definir la actitud del exégeta frente al texto como actitud crítica, analítica, definiría la actitud del lector común como actitud existencial. Es aquella actitud que entiende el texto bíblico no como objeto, como lo hace el exégeta. Es la actitud que se caracteriza por ver y entender el texto bíblico como un posible mensaje para su vida.
Sin mucha reserva podemos afirmar que la categoría de lectores comunes en la ciencia bíblica es la categoría, aunque sea la mayor parte de lectores de la Biblia, bastante desprestigiada y descuidada.
Felizmente, hay excepciones. Hice mi disertación doctoral sobre la hermenéutica latinoamericana, sobre la hermenéutica de autores como Severino Croatto, Carlos Mesters, Milton Schwantes, Jorge Pixley, Pablo Richard y otros más. Aprendí mucho. Este análisis transformó profundamente mi percepción de lo que es la buena lectura de la Biblia. En los años de 1970 a 1990 nació un nuevo acercamiento a la Biblia en América Latina; se llamó ‘lectura popular de la Biblia’, método que después también se comenzó a practicar en África, Asía, Estados Unidos y Europa.
Volviendo la vista atrás y releyendo críticamente lo que se produjo desde esa época hasta ahora, no vacilo en hablar de un milagro. Conseguí para mi disertación doctoral no sé cuántos boletines, panfletos, libritos y cartillas que expresan lo que ha sido esa lectura popular, ese renacimiento bíblico o movimiento bíblico en esas dos décadas. Es ahí donde entra plenamente el lector común y, en muchos lugares, llegó a ser parte del proceso de lectura.
Ha sido un milagro, y todavía lo considero un milagro. Pero hay una cosa: cuando uno se pone a investigar críticamente esta lectura popular de la Biblia la autoridad de los expertos sigue siendo bastante preponderante. Se nota la presencia del experto; por ejemplo, en Brasil cuando se lee la Biblia con los campesinos o con los pescadores o con los sin casa. Incluso donde comenzó la lectura popular, en Solentiname, Nicaragua, con Ernesto Cardenal, la lectura de Lucas en medio de pescadores y campesinos, si se ven bien de cerca los textos que se produjeron, es posible ver que la autoridad del cura que acompañó ese proceso ha sido bastante importante.
La ligera crítica que se puede formular sobre todo ese movimiento de lectura popular de la Biblia se puede expresar a través de una pregunta: si creemos realmente que una buena lectura de la Biblia, una lectura liberadora de la Biblia es capaz de contribuir a la transformación de la sociedad en que estamos, ¿por qué no hacemos más análisis de cómo funciona, por qué no hacemos más investigación empírica? ¿Por qué no hacemos más análisis de cómo se haría eso de detectar realmente lo que es el papel o el impacto de la lectura bíblica en la gente, en los lectores comunes? En América Latina, a diferencia de otros países, casi no hay investigación empírica sobre el impacto de la Biblia en, por ejemplo, los pobres, los campesinos, la gente común.
Ahora bien, es aquí donde entra la hermenéutica empírica. Ella quiere rescatar las voces y la sabiduría de los lectores y las lectoras comunes de la Sagrada Escritura.
Ahora, si entiendo por “lector común” una actitud, y si es necesario examinar y analizar cómo en las comunidades cristianas se entiende y se lee la Biblia, entonces hay que iniciar un proyecto empírico, es decir, registrar lo que una comunidad dice cuando lee la Biblia. Y no me refiero a lo usual, es decir, que el sentido o significado del texto sea el que esté siendo formulado por el pastor. Hablo de un proceso desde abajo, y no desde arriba, ya que la mayor parte de los significados de los textos bíblicos han sido formulados desde arriba, por las autoridades.
Cuando tengo que predicar, hago mi exégesis, mi interpretación y consulto muchos de mis comentarios. El establecimiento del significado de ese texto sobre el que me toca predicar lo hago yo. Pero como en Holanda no tenemos muchos cultos dialogados, a diferencia de algunos lugares de América Latina, la pobre comunidad está condenada a escuchar lo que el pastor, la autoridad, dice sobre el significado de ese texto. Es una lectura, un proceso legítimo, pero la voz de los no expertos no suena, no entra; y a nosotros, pastores (yo soy pastor de la mayor iglesia protestante aquí en Holanda), nos cuesta mucho entender o admitir que los lectores y lectoras comunes son competentes, que su sabiduría podría agregar algo a lo que el experto no había descubierto en el texto.
Algo de mi biografía: me educaron en la Universidad Libre, en la Facultad de Teología, en los años de 1970. Empecé a estudiar en 1969 y terminé mi maestría en el año 1976. Después la iglesia me mandó a Chile como misionero y profesor de Biblia. En la Universidad Libre, donde hice mi maestría, una universidad de mucho prestigio y de muchos años (más de cien), en donde muchos teólogos latinoamericanos hicieron su doctorado, me enseñaron cómo respetar los derechos de los textos bíblicos, es decir, el idioma: el hebreo, arameo, griego; su aspecto narrativo, su aspecto literario, sus aspectos retóricos, su trasfondo histórico, su proceso de redacción. Lo que no me enseñaron mucho fue cómo aplicar ese texto al contexto europeo de aquel entonces.
Es en Chile donde descubrí la importancia del contexto del lector para el proceso de interpretación. Era la época de Pinochet, la época de una dictadura clásica y dura. Leer las profecías en países más o menos calmados y seguros como Holanda es muy diferente a leer un texto de Isaías o Amós, o del profeta que sea, en época o situación de dictadura, con la policía a la entrada del seminario. Leer la Biblia era un acto disidente. Y leer la Biblia críticamente y como voz disidente era un acto peligroso. Aprendí muchísimo. Es por eso que dediqué mi disertación doctoral a la hermenéutica latinoamericana, que me encanta todavía, más allá de mi crítica.
Después regresé a Holanda, a otro contexto, y pensé: los queridos hermanos y hermanas holandeses no tienen mucha idea de cómo es leer la Biblia en situaciones de pobreza, dictadura o corrupción. Descubrí que no solamente el texto y el contexto del lector tiene sus derechos, sino que también el otro contexto y el otro lector de la misma Biblia tienen también sus derechos. Descubrí que la lectura contextual no es suficiente, que no es suficiente leer la propia Biblia si no estamos dispuestos a leer la Biblia del otro y de la otra. Es así como nace la hermenéutica intercultural.
Recordemos que ese deseo, el de honrar no solamente los derechos del texto y del contexto de uno, sino también los del otro contexto y del otro lector, y practicar así una lectura intercultural o intercontextual tiene que ver con fundamentos teóricos que aprendimos de personas como Levinas, Ricoeur, Gadamer, Croatto en América Latina, y muchos más.
Lo que aprendimos es que los textos, también los textos bíblicos, son inagotables. Son los fundamentalistas los que dicen que hay un solo Dios, y que ese Dios se reveló a través de sus siervos, profetas y apóstoles y que la revelación de ese Dios se encarnó en un libro que llamamos “Biblia”. Y continúan los fundamentalistas su discurso diciendo: ‘los textos bíblicos tienen un solo significado y yo soy propietario de ese solo significado’. Ese sólo significado coincide con mi lectura. Estas son las lecturas fundamentalistas que no hacen justicia a la experiencia empírica de todos los lectores y lectoras de la Biblia. El texto bíblico, cualquiera que sea, tiene más de un sólo significado. Un texto bíblico es capaz de orientar a la vez a más de una comunidad social, política, existencial y psicológicamente.
Los textos son infinitos. Recordemos que filósofos como Levinas y otros contraponen el concepto de “totalidad” frente al de “infinito”. Ese es precisamente el dilema en el que estamos. Si los textos no son sistemas cerrados sino abiertos, y si cada texto bíblico ofrece un lugar de hospedaje no sólo para mí sino también para otro y para otra, entonces el secreto del texto, dice Levinas, su trascendencia, se manifiesta a través de la infinitud. Pero la infinitud del texto se manifiesta solamente a través de la multiplicidad de lectores y lecturas. En ese proceso de lectura ningún lector o lectora puede ser echado o echada de menos. Nadie puede faltar.
Para realmente captar la profundidad de la revelación divina necesitamos al otro y la otra. Es así que nació no solamente la hermenéutica empírica, sino la hermenéutica empírica desde una práctica intercultural. Al regresar a Holanda a fines del siglo anterior, en los años de 1990, comenzamos a pensar en un proyecto de lectura transfronteriza, más allá de la frontera propia. No solamente la frontera física, sino también la frontera eclesial, la cultural, la biográfica, la biológica, y por decirlo así la frontera social, y ahí iniciamos un proyecto que llamamos “Lectura Intercultural de la Biblia”.
Terminando, quisiera dar algunos ejemplos de la práctica de esta lectura intercultural. Lo hago con profundo agradecimiento a los muchos grupos y comunidades que, en los últimos veinte años, participaron en alguno de los muchos proyectos de lectura intercultural que realizamos. Aprendí mucho, sobre todo a descubrir los puntos ciegos de mi propia práctica interpretativa como europeo, hombre, blanco, clase media, bien educado, miembro de cierta iglesia. Descubrí que la cultura social y eclesial en la que uno está y crece no solamente es un don, sino también puede ser una cárcel, determinando en gran parte la programación mental y las estrategias de lectura por parte del lector.
En el año 2000 comenzamos a formular las bases teóricas de este nuevo método de lectura, y en el 2002 organizamos una conferencia internacional. En el 2004 se terminó con una gran publicación (Through the Eyes of Another, más de 530 páginas). Es asombroso lo que produjo ese proyecto, en términos de diversidad, pero también en términos de encuentro, reconciliación y desaparición de prejuicios. El texto central fue la historia de la mujer samaritana que, descubrí después, es en sí un encuentro intercultural entre el Jesús judío y la mujer samaritana.
Ciento cincuenta grupos pequeños – garantizando así la intimidad del proceso − de más de treinta países, todos leyendo ese texto, haciendo un informe de lectura y comenzando a intercambiar su interpretación con un grupo par. Grupos holandeses con grupos de Colombia, grupos colombianos con grupos de la India, grupos de Cuba con Indonesia, alemanes con ghaneses. Recolectamos más de 3000 páginas de lectura popular de Juan 4 y comenzamos a codificar el material empírico (los extensos informes de lectura, con sus fotos y descripción del contexto de la comunidad correspondiente). La pregunta de investigación central fue: cómo han leído las comunidades el texto y cuáles han sido los criterios, causantes y momentos de transformación (del texto, del lector, de la percepción del otro lector).
El hecho empírico de la diversidad (las 3000 páginas ofrecen una inagotable diversidad. Para dar un sólo ejemplo: del término ‘aqua viva’ encontramos cincuenta significados diferentes) me hizo alérgico a lecturas fundamentalistas, cerradas, excluyentes. Aprendí que un criterio básico para definir si una lectura es buena o mala es preguntar si esa lectura lleva a la muerte y la exclusión, o si lleva a la vida y la inclusión, al descubrimiento de la importancia y aceptación de la diversidad que nos hace crecer.
Comenzamos a implementar ese proyecto de lectura intercultural internacionalmente y lo seguimos haciendo hasta ahora. Producto de esto son las publicaciones Bible and Transformation (SBL, serie Semeia), Lectura intercultural de la Biblia en contextos de impunidad en América Latina (Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia) y muchas más.
Lo último que hicimos y que estamos procesando todavía es un proyecto de lectura indígena en América Latina. Son más de veinte grupos indígenas, desde Chile hasta México, que están leyendo la historia de Génesis 2, la (segunda) historia de la creación. Es impresionante ver cómo leen comunidades indígenas una historia de la tierra, de los ríos, de los árboles, de la creación del hombre y de la mujer, conectándose y dialogando después con otra comunidad indígena. Esperamos poder publicar este año un libro extenso sobre el proyecto con muchos ejemplos.
Es importante destacar que uno de los objetivos principales de esta lectura no es ver lo exótico, como si fuera algo de turismo, sino que es crecer, querer profundizar la lectura de cada persona, y descubrir comunitariamente, en diálogo con el otro y la otra, más de la trascendencia de los textos bíblicos.
Hay un grupo en San Fernando, Chiapas, México, que participó entre los grupos de lectura intercultural de la Biblia. Cuando alguien se pregunta por qué llamamos a esta colección de textos (Biblia) Sagrada Escritura, ese grupo nos da la respuesta: la Biblia puede llegar a ser “Sagrada Escritura” no por la calidad de los textos de los libros bíblicos, sino por la actividad humana que convierte la lectura del texto en un momento de escucha, de dedicación y entrega. Que convierte la lectura en un momento de decir: “Tiene un mensaje”, un momento de transformación de la vida o de la persona frente al texto.
Los lectores comunes de los que acabo de hablar no son exégetas ni profesionales, pero sí tienen una tremenda competencia hermenéutica. Es impresionante cómo las pequeñas comunidades lectoras leen el texto bíblico y cómo, a través de esta lectura transfronteriza e intercultural, la trascendencia del texto se comienza a manifestar.
Repetimos que esta hermenéutica empírica desde una práctica intercultural, que trata de captar y rescatar las voces de los olvidados, de los que no están siendo tomados en cuenta, no es algo exótico, un viaje de turismo, sino que lo que quiere es hacer posible que las comunidades descubran el contexto del grupo par como un lugar de lucha parecida a la de ellos, lugar que antes no conocían. Como dijo un grupo boliviano sobre su grupo par chileno: “Los aymaras estamos en la misma situación que los mapuches en Chile”. Un participante de Guatemala dice: “El testimonio del grupo Mapuche y su lucha me hizo llorar”.
Ya mencionamos el libro grande sobre lectura intercultural en contextos de impunidad en América Latina. Ese libro termina con un comentario de una participante de El Salvador que dice: “¡Ojalá que se repita la experiencia, que se divulgue! ¡Fue una experiencia divina! No hallo palabras para decir lo que ha significado en mi vida”
Es una cita que representa bien el efecto para muchos y muchas de la lectura intercultural de la Biblia.

Se doctoró en la Facultad de Teología de la Universidad Libre de Ámsterdam. Es pastor de la Iglesia Protestante Unida en Holanda.
Desde octubre 2007 ocupa en la Universidad Libre de Ámsterdam la prestigiosa cátedra Dom Hélder Cámara, donde enseña teología contextual, hermenéutica intercultural y Antiguo Testamento.
Nota: Este artículo fué subido a la página de la FTL el 15/01/26
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